domingo, 20 de febrero de 2011

Relato de un domingo por la mañana

Camino a casa luego de mis rutinarias compras de domingo por la mañana. El día está soleado y ventoso, como pocos desde que la época lluviosa se empeñó en estacionarse sobre el caserío. 

Avanzo lentamente con mi billetera en mi mano izquierda, debido a la falta de bolsas de mi ropa de dormir, y en mi derecha la bolsa plástica llena de las cosas que le compré al chino del supermercado. Las bolsas del súper del chino parecen siempre como tener voluntad propia, y ésta, del mismo modo, se muestra intranquila, incapaz de mantenerse inmóvil ante la inercia de mi caminar pausado, como reusándose a llegar a casa, a sabiendas de su destino poco después en la canasta de la basura. 

De pronto algo me despega da la bolsa, de la visión en mi mente del gesto del chino al comer una rama de apio, y hasta de las salchichas con huevo que he de preparar para el desayuno. Un par de ojos me han cautivado incluso a la subjetiva distancia existente entre mi casa y el lugar donde ahora me ubico. No logro apartar mis ojos. Sus pijamas tienen ese toque que perfectamente hace juego con sus caderas al caminar, sus manos suaves, lo cual pretendo también haber adivinado a la distancia, portan al igual que las mías, lo que seguro ha también de preparar hoy por la mañana. 

Su paso es lento, su pelo está aún desordenado y cubriendo parte de su cara, me emociona un poco darme cuenta que es el tipo de mujer tan poco vanidosa que no le interesa que los demás se den cuenta que no se ha bañado. Se nota, pero no le arrebata nada más que visibilidad a su rostro debido a su pelo rebelde.  Su bolsa también se tambalea, unísona en la melodía de sus rodillas al paso. Supongo que es muy temprano para que se haya siquiera despertado del todo. 

Es perfecta. Es perfecta y camina hacia mí. Es perfecta, camina hacia mí y también parece haberse escapado de su casa corriendo al despertar, a buscar algo para aplacar el hambre atroz de los domingos por la mañana.

A medida que ambos nos movemos en dirección contraria, y por lo tanto hacia nosotros mismos, los detalles son más fáciles de percibir. La humedad de sus profundos ojos, aún lastimados por la luz, se ha metido en mí, me asfixia, me ahoga, al igual que lo hace el aroma de las primeras gotas de cada aguacero al combinarse con el polvo. Ambas humedades vuelven incómodo mi respirar.   

 Debido a que mi respiración está demasiado distraída para permitirme inhalar lo suficiente, y por lo tanto articular sonidos al menos decodificables, como algún tipo de palabra, no he podido más que contraer alguno que otro músculo facial, y sonreirle tontamente. Me siento como un completo idiota con ésta gran sonrisa en mi boca, sin ningún sentido o razón aparente. Me siento impotente, y por un instante no logro coordinar el sonreír, el caminar, y al mismo tiempo mantener constante el movimiento de la bolsa con respecto a mi pierna izquierda, lo que hace que me vea aún más torpe, tomando en cuenta que al salir de casa olvidé peinarme y mi camisa preferida de dormir, hoy amaneció al revés. 

Pero nada de lo anterior parecería tan ridículo como parece, si no estuviera en este momento acostado en la acera, con las salchichas danzando aún junto a mí, y la bolsa sobre mi cara. Justo en el momento en que estaba frente a ella me he caído. No me logro levantar, la voluntad no me permite moverme, talvez para no aumentar mi vergüenza. ¿Qué dirá? Creo que la volví a cagar.... Talvez si no me muevo y mantengo la bolsa sobre mi cabeza, no se dé cuenta de que estoy aquí tirado. 

De repente dos pantuflas se posicionan junto a mí, y una voz un poco pausada, lo cual sospecho puede ser causa, o de una tos, o de una risa disimulada, me pregunta cómo me encuentro. "Acostado, avergonzado, y sin desayuno" le contesto. La pausa en su voz aumenta en su longitud. Poco después de al parecer haberse detenido su risa, quita la bolsa aún sobre mi cara y me dice: "Despistado... Julio ya levantate y entremos a la casa, me muero de hambre". 

Simultáneamente a una buena carcajada, caigo en razón de que aún no había despertado del todo, y mientras me quito la bolsa de mi cara, recojo las las salchichas dispersas a mi alrededor, y me levanto de la acera, Viviana me dice: "Al despertar no sabía donde estabas, pero de haber sabido que fuiste en el súper por algo algo para el desayuno, no hubiese salido en éstas fachas a la panadería", a lo que respondo controlando aún mi risa, "De haber sabido desde antes que eres la mujer perfecta, te juro que desde hace muchos domingos andaría con una bolsa plástica sobre mi cabeza, sólo para escucharte reír así, sin importar tu estilo despeinado, ni esa lagaña, que olvidaste quitarte antes de salir"        

2 comentarios:

La Rosa Púrpura dijo...

Saludos Michael, suele suceder que cuando más despistados estamos más enamorados nos hemos vuelto... Me gusto la última parte de la historia.

Michael dijo...

Sí. Pasa cuando uno menos se lo espera.

Gracias por la visita. Saludos.