martes, 31 de agosto de 2010

lo que dura un cigarro


Salió de su casa. Primero se recostó en el muro que da a la calle y luego, para hacer su expectativa un poco más cómoda, terminó por sentarse en la misma acera donde antes se sostuvo de pie. Sacó de su bolsa una caja, y a la vez de ésta sacó un cigarro el cual llevó a su boca para terminar siendo quemado en cuestión de pocos minutos. Luego, de manera paulatina y mecánica, perdió poco a poco su mirada en las casas vecinas, entre los techos húmedos de pura noche y las palomillas jugando con la luz de la lámpara. El caserío descansaba en total silencio para esas horas de luna amotinada.

La noche estaba más fresca de lo habitual. La fogosa pero apacible brisa lograba apenas mover levemente los desarticulados extremos de las hojas de las tres palmeras de la casa del frente, mas sin embargo era a su vez lo suficientemente escurridiza como para, sin siquiera hacer vibrar las hojas de los matones junto a su acera, crear una casi familiar sensación de soledad en su cuerpo.

Su teléfono parecía no haber retomado la respiración desde la última llamada, por lo que lo volvió a guardar en su bolsillo izquierdo. El silencio se negaba a ceder cualquier espacio.

La noche estaba envuelta en un silencio profundo, dominante, casi espiritual, por lo que los grillos invisibles, sin ánimo de querer ser desafiantes, decidieron únicamente acompañar la melodía de la noche desde los árboles cercanos con sus unísonos violines en un tono chispeante y continuo. Cada cierto tiempo la magia de la noche era sólo violentada por la gota de agua que algún aire acondicionado perdido entre los muros apretados dejaba caer sobre una superficie ciertamente hueca según su oído, y el de cualquiera que hubiese pasado más de diez minutos esperando obsesivamente la vuelta cada veinticinco segundos exactos para satisfactoriamente escuchar la misma gota explotar entre la oscuridad. Era un sonido hueco sin duda.

El cielo estaba despejado, lo que ayudaba en su percepción. Ese último cigarro no pareció lo suficiente eterno para que su teléfono sonara una vez más esa maldita canción de timbre que tanto odiaba.

Enterado de que en vano era esperar en medio la noche que el teléfono resolviera con el solo de los grillos sus dificultades vasculares, y sabiendo que al aire libre el cuerpo le pediría pronto otro cigarro, miró tercamente al cielo como buscando ahí su última oportunidad y así, según él, encontrar alguna excusa para alargar la espera.

Esta vez las estrellas fugaces le quedaron debiendo su premio a la constancia, y a la desesperación capaz de buscar ajenos sentimientos terrestres en lejanas rocas congeladas, errantes en el espacio por edades incalculables con los dedos para quienes las creen milagrosas. El frío comenzó a bailar con sus rodillas, los grillos se quedaron en silencio, el sonido lejano de la carretera aprovechó para ganar terreno entre las sombras del monte, y el cigarro hacía algún tiempo había debido detenerse en su intento por seguir enviando señales de humo al ya sabido vacío.

De pronto, rompiendo la quietud de la ramas, una ráfaga de aire, similar a la realidad, pareció golpear su frente sin contemplación alguna. Cerró los ojos para tratar así se asimilar la idea, aguantó la respiración, suspiró, soportó la tentación y volvió a guardar el paquete de cigarros en su bolsa de donde ya los había sacado hacía dos rondas de gotas de agua sin darse cuenta. Con el paso más lento que de costumbre entró nuevamente a su casa, caminó a su habitación, encendió su computadora, se despojó de su incómodo pantalón tomando a cambio su pantaloneta preferida para dormir, mandó al diablo a un tal Phillip Morris, encendió otro cigarro y esperó a que su computadora terminara de asimilar su disco duro carente de memoria de buenos recuerdos.

Se sentó frente a la computadora rodeado de total silencio, y tan silencioso que simulaba estar burlándose de su propio teléfono. Sigilosamente, para que ningún grillo se percatara, buscó un disco de The Cure el cual reprodujo en su computadora. Sintiéndose falsamente como si fuera Robert Smith en otro de esos viernes, y satisfecho por haber burlado al silencio, abrió esa carpeta que mantiene escondida, la misma que abre todas las noches que es motivado por su teléfono a comprar cigarros, y contempla inmóvil una a una todas las fotos existentes sin importar que ya conoce perfectamente el orden de cada una.

Ha decidido luego de un rato dejar de mirar las fotos. Escribió un rato, y todo apunta a que el sueño le gana la partida. Piensa que mañana tendrá más horas y más cigarros para esperarla al otro lado del teléfono, el que más que acortar distancias se aferra a la idea de aplazar emociones. Busca una imagen adecuada para adornar sus palabras, revisa coherencia, ortografía, y una vez todo en su lugar apaga su computadora y me voy a la cama mientras pienso qué marca de cigarros compraré mañana y qué palabras diré cuando suene al fin ese teléfono.

Buenas noches. Que descansen.

Michael.