domingo, 24 de octubre de 2010

Priscila y el facebook: otra princesa con sombras en las mejillas


Cuando Priscila nació, aunque poco más de media década había pasado desde entonces, sus padres apenas salían de la confusión al no entender porqué todos en esa caja loca habían estado saltando de alegría sobre un muro que poco a poco dejaba de significar un obstáculo para quienes lo derribaron, pero que para ellos, Felipe y Rebeca, había significado una seña aparente. Esa barrera, ese algo que parecía contener cierto tanto de sentimiento desenfrenado, liberal y espontáneo, estaba sólo desapareciendo.

Su Padre, recién graduado del colegio y gozando de su primer trabajo el cual le tocó conseguir casi a la fuerza y no era muy bien remunerado, desde los primeros meses del embarazo de Rebeca fue haciendo poco a poco un pequeño ahorro para comprar su primera cámara fotográfica, como presagiando cuan influyente sería en vidas.

Rebeca nunca quiso casarse, aunque fue un vano deseo al final. Su sueño era ser enfermera como las que veía auxiliando heridos en la guerra, recorrer el mundo, comerse al mundo. Pero una bala perdida, o más bien una granada, una de esa llena de células, de esas células que duran nueve meses en explotar, le hizo unirse por siempre al vagabundo compañero del colegio que le disparó a quemarropa aquella tarde de viernes.

Con el paso de los años Priscila se convirtió en la princesa de la casa. El mundo giraba en torno a ella y su fina y delicad figura de futura actriz, de modelo, o presentadora de televisión. Ella siempre fue feliz con todo cuanto su padre le regalaba gracias a sus largas jornadas al bueno salario que significaba tantos años en la misma compañía. Su madre siempre se preocupó por que ella luciera como tal, hasta que un día, por ahí de esos años de vestido rosa, decidió que no era lo de ella ese pelo castaño rizado y esas faldas llamativas que siempre le regalaban para navidad.

Priscila cambió su modo de vestir, cambió sus amistades, su pelo, e incluso cambió su corazón. Aquella princesita de faldas rosa, comenzó a combinarlas con el negro, y las viejas fotos de aquella primera cámara fueron guardas en un cajón, por lo que una nueva cámara sucedió poco a poco a la anterior. El mundo no estaba aun listo para ella. Y fue así como dio inicio el final de esta historia.

Un día Priscila descubrió algo llamado Facebook. Descubrió un nuevo universo de gente como ella, y publicó tantas fotos de niña mala, como las actrices de telenovela favoritas de su madre, que pronto fue tan famosa, que era inevitable pensar en que no habría reacción.

Muy pronto conoció al tan esperado príncipe, quién en cada una de sus fotos de efervescente jovencita dejaba una poesía, y cuyo rostro de muchacho lucía un poco borroso a la lejanía en esas estampas de viajes a la playa. Tantas palabras bonitas tuvieron como final un café, un encuentro a ciegas, y una historia que contar. Su príncipe le contó todas las historias de guerra conocidas. Él las había vivido, ella las escuchó atenta, porque sus padres nunca se las supieron contar. Su hombre perfecto resultó ser un poco más experimentado de la cuenta.

Pricila quedó embarazada cuando apenas comenzaba a disfrutar de eso de salir sola de su casa. Aquel galán de nombre complicado, no congruente con su figura, disperso en todos los sentidos como en sus fotografías, desapareció, cerró su perfil y volvió a habitar los cuentos de hadas de donde una vez ella misma lo quiso sacar.

Y así como otros cientos de princesas con fotos lindas y vidas perfectas, mas algo vacías, Pri, o Pricila, o Didi para sus amigas, descubrió que la vida no es como parecía ser allá afuera.



domingo, 3 de octubre de 2010

por cualquier otro vicio


Otra noche sin pestañas que se logren unir. Nada más alrededor que un perro buscando alguna sobra entre la nada, el gato sin cola de mi hermana tratando de pelear con las sombras del jardín, y la inconstante brisa que estremece mi cuerpo, como lo hacía antes tu simple presencia.

Aves desconocidas le cantan al día cuya luz carece aun de unas cuantas horas por asomarse. La noche me envuelve, me cansa, me irrita. Me desespera saber que podría estar durmiendo en vez de estar aquí esperando a que amanezca, o a que amanezcas entre mis sueños. Talvez por eso no quiero dormir. Sé que no vendrás a salvarme de esa mujer de vestido blanco y cabello sobre el rostro que a menudo se acerca a mi cama en mis sueños, por eso es inútil también dormir.

Basta ya de quemar otro cigarro en tu nombre! Pero viéndolo bien hasta resultan parecidos. Los dos me causan la necesidad de absorverlos, de tenerlos en mi boca hasta el punto de haber desaparecido, y sólo haber dejado su parte inservible. Lo que no me servirá, lo que quizá me haga sentir cierto arrepentimiento. Definitivamente eres como ese maldito cigarro. Acabas de hacerme necesitar de tí, y salí y te busqué, y te encontré pero fuiste sólo humo, y por consiguiente de pronto ya no estabas, te fuiste flotando, revoloteando pasajera por entre el canto de los pájaros que no saben diferenciar entre en día y esta madrugada de huesos helados.

Y vaya que te pareces a un cigarro. Sé que ya te lo había dicho, e incluso ya estaba escrito, pero no puedo dejar de verte entre el humo que desaparece entre la luz de las lámparas de la calle. La alegría momentánea me ha vuelto a motivar a escribir, pero se ha ido de nuevo, y me ha vuelto a dejar aquí escribiéndole a la soledad que me despoja del sueño. Eres como el cigarro que acabo de tener en mi boca. Eres ese placebo esporádico al que acudo en busca de descanso, pero sólo me hace mantenerme despierto hasta desearlo de nuevo.

Trataré de dormir, y talvez mañana te cambie por cualquier otro vicio, por otra rutina, por otra afición, o por otra loca que sepa cocinar lasaña; por otro motivo para no sentir estas ansias por un café, para no encender otra luz entre la obscuridad, y para no esperar al sol en vano, como las aves sin nombre ni forma.

martes, 31 de agosto de 2010

lo que dura un cigarro


Salió de su casa. Primero se recostó en el muro que da a la calle y luego, para hacer su expectativa un poco más cómoda, terminó por sentarse en la misma acera donde antes se sostuvo de pie. Sacó de su bolsa una caja, y a la vez de ésta sacó un cigarro el cual llevó a su boca para terminar siendo quemado en cuestión de pocos minutos. Luego, de manera paulatina y mecánica, perdió poco a poco su mirada en las casas vecinas, entre los techos húmedos de pura noche y las palomillas jugando con la luz de la lámpara. El caserío descansaba en total silencio para esas horas de luna amotinada.

La noche estaba más fresca de lo habitual. La fogosa pero apacible brisa lograba apenas mover levemente los desarticulados extremos de las hojas de las tres palmeras de la casa del frente, mas sin embargo era a su vez lo suficientemente escurridiza como para, sin siquiera hacer vibrar las hojas de los matones junto a su acera, crear una casi familiar sensación de soledad en su cuerpo.

Su teléfono parecía no haber retomado la respiración desde la última llamada, por lo que lo volvió a guardar en su bolsillo izquierdo. El silencio se negaba a ceder cualquier espacio.

La noche estaba envuelta en un silencio profundo, dominante, casi espiritual, por lo que los grillos invisibles, sin ánimo de querer ser desafiantes, decidieron únicamente acompañar la melodía de la noche desde los árboles cercanos con sus unísonos violines en un tono chispeante y continuo. Cada cierto tiempo la magia de la noche era sólo violentada por la gota de agua que algún aire acondicionado perdido entre los muros apretados dejaba caer sobre una superficie ciertamente hueca según su oído, y el de cualquiera que hubiese pasado más de diez minutos esperando obsesivamente la vuelta cada veinticinco segundos exactos para satisfactoriamente escuchar la misma gota explotar entre la oscuridad. Era un sonido hueco sin duda.

El cielo estaba despejado, lo que ayudaba en su percepción. Ese último cigarro no pareció lo suficiente eterno para que su teléfono sonara una vez más esa maldita canción de timbre que tanto odiaba.

Enterado de que en vano era esperar en medio la noche que el teléfono resolviera con el solo de los grillos sus dificultades vasculares, y sabiendo que al aire libre el cuerpo le pediría pronto otro cigarro, miró tercamente al cielo como buscando ahí su última oportunidad y así, según él, encontrar alguna excusa para alargar la espera.

Esta vez las estrellas fugaces le quedaron debiendo su premio a la constancia, y a la desesperación capaz de buscar ajenos sentimientos terrestres en lejanas rocas congeladas, errantes en el espacio por edades incalculables con los dedos para quienes las creen milagrosas. El frío comenzó a bailar con sus rodillas, los grillos se quedaron en silencio, el sonido lejano de la carretera aprovechó para ganar terreno entre las sombras del monte, y el cigarro hacía algún tiempo había debido detenerse en su intento por seguir enviando señales de humo al ya sabido vacío.

De pronto, rompiendo la quietud de la ramas, una ráfaga de aire, similar a la realidad, pareció golpear su frente sin contemplación alguna. Cerró los ojos para tratar así se asimilar la idea, aguantó la respiración, suspiró, soportó la tentación y volvió a guardar el paquete de cigarros en su bolsa de donde ya los había sacado hacía dos rondas de gotas de agua sin darse cuenta. Con el paso más lento que de costumbre entró nuevamente a su casa, caminó a su habitación, encendió su computadora, se despojó de su incómodo pantalón tomando a cambio su pantaloneta preferida para dormir, mandó al diablo a un tal Phillip Morris, encendió otro cigarro y esperó a que su computadora terminara de asimilar su disco duro carente de memoria de buenos recuerdos.

Se sentó frente a la computadora rodeado de total silencio, y tan silencioso que simulaba estar burlándose de su propio teléfono. Sigilosamente, para que ningún grillo se percatara, buscó un disco de The Cure el cual reprodujo en su computadora. Sintiéndose falsamente como si fuera Robert Smith en otro de esos viernes, y satisfecho por haber burlado al silencio, abrió esa carpeta que mantiene escondida, la misma que abre todas las noches que es motivado por su teléfono a comprar cigarros, y contempla inmóvil una a una todas las fotos existentes sin importar que ya conoce perfectamente el orden de cada una.

Ha decidido luego de un rato dejar de mirar las fotos. Escribió un rato, y todo apunta a que el sueño le gana la partida. Piensa que mañana tendrá más horas y más cigarros para esperarla al otro lado del teléfono, el que más que acortar distancias se aferra a la idea de aplazar emociones. Busca una imagen adecuada para adornar sus palabras, revisa coherencia, ortografía, y una vez todo en su lugar apaga su computadora y me voy a la cama mientras pienso qué marca de cigarros compraré mañana y qué palabras diré cuando suene al fin ese teléfono.

Buenas noches. Que descansen.

Michael.

jueves, 26 de agosto de 2010

Empapadas por debajo del paraguas.

Lentamente retiro las manos que sostenía sobre mi rostro, impregnado en la esquina del corredor de mi casa, y poco a poco doy lugar en mi percepción a algo más que mis intentos reciclables por pensar en otras cosas. La lluvia tenue se apodera de la esfera de luz que ha creado por sí misma sobre mi casa.

Lo primero que he logrado observar ha resultado ser un grupo de mujeres que caminan bajo una lluvia ya casi inexistente. Cargan abiertos sus largos y oscuros paraguas los cuales, indiferentes, van dejando caer las gotas de agua del sereno nocturno que logran capturar, sobre los hombros de quienes caminan por cualquier lado a su alrededor por igual. Cualquier lugar parece bueno mientras no sea sobre sus propias cabezas. Y así, cada gota que doña Blanca esquiva con su paraguas, es vertido gracias a la gravedad sobre el cuerpo de doña Isabel, quien al igual deja caer sobre alguien más toda esa agua que tampoco le ha tocado acarrear.

Una mujer, de las más jóvenes en apariencia, ha preguntado porqué tiene que cargar ese incómodo paraguas negro, casi invisible entre la noche, si ni siquiera alcanza a escuchar el golpe del agua caer sobre la tela impermeable por ratos. Pero nadie hace caso a su queja, por lo que sin quererlo se ha quedado callada alargando el silencio falto de contestación. Una vez resignada a cargar un paraguas gracias a que se lo dicta el silencio, se limita a hacer lo que la mayoría hace, sigue caminando, sumergida en sí misma, mirando hacia el agua fluyendo por el pavimeto mientras alterna sus manos para no sentir el cansancio de quién sabe cuantos minutos faltantes de camino.

Todas parecen temerle al agua. Repelen ese pedazo de vida que por ley la naturaleza les está regalando, en una noche tan caliente que este mismo narrador desearía poder sentarse a escribir estas palabras bajo esa misma lluvia. Si tan solo el papel no fuera tan frágil y la tinta tan escurridiza.

Tres muchachos avanzan manejando sus bicicletas hacia su encuentro con las mujeres de la congregación de los paraguas negros. Parece poco importarles los delgados hilos de agua que imitan la sensación de cristales estrellados en sus caras al ganar velocidad. No parece fastidiarles el mojarse un poco, a fin de cuentas las almas menos longevas resisten más las adversidades que nadie, siempre y cuando signifique poder tener el gusto de llevarle la contraria a cualquier otra persona. Una sonrisa se cola en sus caras, lo que me hace pensar que ésta será una de esas maldades que me causan cierta alegría momentánea.

Las gotas de agua que por días han estado en un charco, a la orilla de la calle y al frente de mi casa, están ahora de pronto sin previo aviso, en las largas y ya húmedas faldas de las mujeres, gracias al pequeño diablillo que cada joven lleva en sus adentros. Los muchachos, conscientes sólo de su inconsciencia, se pierden entre risas mientras aceleran el paso y desacomodan las sombras de la calle, al mismo tiempo que al otro extremo de la distancia, entre la noche salpicante de ondas sobre la grava, aún se puede escuchar al grupo de señoras paraguas en mano, entre palabras ponzoñosas y sílabas malformadas, maldiciéndolos sin piedad mientras por dentro, en total secreto, recuerdan cada una los tiempos en que usar paraguas no era necesario y disfrutaban empapar al primero que se descuidara, por debajo de su paraguas.

la imagen es de aquí

sábado, 21 de agosto de 2010

Y este de qué se trata?

Después de hace como dos años haber creado el blog de mike, y luego de otro puño de ideas desacomodadas, llegué a la conclusión de que necesitaba crear este blog. Por lo que oficialmente hoy doy por iniciado este nuevo espacio y este nuevo reto.

Aunque sé que me queda mucho por aprender y por crear, y pudiendo quedarle algo grande el título, diré que este será otro blog literario.

A pesar que me hubiese gustado iniciar con algún texto, por el momento ando con la cabeza tan cerrada que no me da para nada, pero prometo darle duro a este blog en cuanto a cuentos cortos y prosas como lo venía haciendo con mi primogénito.

En fin, la fiebre no me dejó evitar postear algo así que aquí está.

Saludos.